lunes, 17 de febrero de 2014

SUEÑOS: noche de sufrimiento.



Al salir de clase Ian intentó que David le dijese la dirección de Maika, pero este se negaba a dársela, decía que en estos momentos era mejor dejarla sola, que no querría hablar con nadie, pero eso a él le daba igual; lo único que quería era cuidarla y asegurarse de que se recuperaba bien, pero esto no convenció a David, así que volvió a casa enfadado tanto con su amigo como con el mundo. Comió un poco y luego se encerró en su cuarto, sin saber que hacer a causa de la angustia. Su perro intentaba calmarle, pero era imposible, hasta con Rex estaba enfadado, decidió colarse en el ordenador de su madre pero lo tenía bloqueado, así que solo había una solución, tenía que preguntárselo a su padre. Estaba sentado en la cocina leyendo el periódico así que se armó de coraje y se sentó a su lado:- Papá me gustaría hacerte una pregunta, pero no me preguntes por qué te lo pregunto-.
El siguió con la mirada puesta en su periódico:- Claro-.
Ian respiró hondo:- ¿Qué enfermedad puedes tener si tus síntomas son dolor de tripa, tos y fiebre?-.
-Pues si no me puedes decir nada más eso parece una gripe común-.
-¿Y me tendría que preocupar?-. Siguió preguntando.
-Hombre, todas las enfermedades son preocupantes, pero si está controlada no tienes por qué-.
Ian se quedó pensativo, hasta la hora del recreo había estado bien, así que eso quería decir que sí que lo estaban controlando; a lo mejor estaba exagerando, quizás no debería estar tan preocupado, después de todo la gripe era muy común en estos tiempos.
Decidió dar una vuelta con Rex para despejarse un poco, el parque a esas horas estaba muy solitario, las únicas personas que deambulaban por allí eran las que volvían a casa después de trabajar o las que sacaban a sus perros a dar una vuelta.

Estuvo andando en círculos hasta que el sol se ocultó y la luna lo sustituyó, proclamando su nuevo reinado; cuando llegó a casa sus padres ya habían cenado y le habían dejado una nota en la nevera:

Tienes la cena en el microondas, en cuanto termines vete a la cama que mañana tienes que madrugar, no te hemos podido esperar porque tenemos que trabajar, que tengas dulces sueños cielo.
Te queremos.


Ian se tomó la cena medio ensimismado, en su cabeza había estado durante toda la tarde la imagen de Maika, pero ahora había algo más, algo en su interior no estaba bien, y lo sabía, algo estaba cambiando. Decidió no pensar más en eso, lavó los platos, dio de cenar a Rex y se fue a la cama; al principio no pudo conciliar el sueño, no se sentía a gusto, era como si le hubieran cambiado el colchón por uno mucho más duro y más incómodo. Estuvo dando vueltas durante un tiempo hasta que el cansancio pudo más que la molestia. Durante unas cuantas horas Ian tuvo un sueño tranquilo, sin ninguna imagen que atormentase su alma, pero la paz que había conseguido desapareció en cuanto una mancha roja y blanca inundó su campo de visión. Está vez lo que hizo que se despertara no fue el despertador, todavía quedaban un par de horas para el amanecer; un dolor agudo le recorrió toda la espalda, haciendo que un grito desesperado saliera de su garganta; intentó tocarse, desesperado, el lugar exacto donde le dolía, los omóplatos, pero con un solo roce consiguió que el dolor se extendiese por toda la espalda, lo que hizo que otro grito resonase en su habitación. Intentó levantarse, pero era imposible, la vista se le nublaba y no había forma de icorporarse sin mover la espalda. Unos pasos apresurados procedentes del pasillo delataron la angustia de sus padres que entraron rápidamente para ver a su hijo.
-¿Qué pasa Ian?-.
El chico prácticamente no podía hablar a causa del dolor así que intentó señalarse la espalda, pero en cuanto lo hizo el dolor volvió a aumentar, provocando que un grito aún más potente asustara a sus padres. Ellos se miraron, preocupados, pero Ian no estaba en condiciones de examinar las expresiones de sus padres, lo único que deseaba en ese momento era que aquel martirio desapareciera; miró suplicante a sus padres, aunque prácticamente no sabía distinguir quien era quien. Su madre se sentó en la cama de su hijo y recostó la cabeza de Ian con mucho cuidado en su regazo mientras le susurraba:- Tranquilo cariño, tu padre va a por un ibuprofeno y unos calmantes-.
Pero ambos sabían que no era suficiente, el ibuprofeno en la mayoría de los casos no le hacía efecto y los calmantes lo máximo que le habían durado eran dos horas, lo único que le había curado desde que era pequeño eran unas medicinas hechas por su padre, pero los ingredientes que necesitaba para hacerlas eran muy escasos, lo mínimo que había tardado en encontrarlas habían sido cinco días, y no estaba dispuesto a pasar cinco días sufriendo de esa manera.
Cuando su padre volvió con las medicinas su madre ayudó a su hijo a tragárselas, el dolor estaba haciendo que le subiera la temperatura, cada vez se encontraba peor. Estuvieron todo lo que quedaba de la noche en vela, pero el dolor de espalda no desaparecía ni siquiera con los calmantes, al final su padre decidió acercarse a uno de los hospitales donde estaba ayudando y pedir prestado un poco de anestesia para que Ian consiguiera dormir un poco.
Los párpados de Ian intentaban cerrarse constantemente, pero aquel dolor no lo permitía, el sudor y el tormento se apoderaban de su cuerpo, unas terribles convulsiones hacían que se retorciese en la cama y que el dolor de la espalda aumentase, deseaba desesperadamente que aquello acabase, sabía que la única forma de evitar aquel sufrimiento era el sueño pero no se lo permitía. Una lágrima de los ojos de su madre se estrelló en su mejilla, él intentó levantar la mirada pero no lo consiguió así que lo que hizo fue acariciar su mano y susurrar:- No te preocupes, un poco de dolor no podrá conmigo-.

De los labios de su madre salió una risa nerviosa y apretó con fuerza la mano de su hijo. Sabía que le quedaba poco para perder la consciencia y no precisamente a causa del sueño, estaba a punto de desmayarse y eso se lo confirmo un fuerte pinchazo justo en los omóplatos que hizo que se retorciese de dolor; antes de perder la consciencia apretó un poco la mano de su madre como una señal para que no se preocupara.