jueves, 3 de abril de 2014

Lucha interna


Abrí los ojos de golpe, sobresaltada, sentía cómo mi corazón golpeaba con fuerza mi pecho y un sudor frío impregnaba mi cuello y las palmas de mis manos. Rápidamente me incorporé, fue entonces cuando me di cuenta de que estaba tirada en el frío asfalto de una carretera abandonada; no entendía cómo había llegado hasta allí, lo último que recordaba era haberme metido en mi cama y estaba totalmente segura de que se encontraba dentro de mi cuarto, en mi casa, donde mi hermana dormía en la habitación de al lado ¿Estaba soñando? Si era así ¿Por qué todo parecía tan real? Me levanté con cuidado y noté un punzante dolor en la columna vertebral, seguramente por haber dormido en aquel lugar; después de estirarme para aliviar un poco la tensión observé el panorama. El cielo nocturno estaba teñido por un velo rojizo que parecía serpentear, la carretera, ruinosa y mugrienta, estaba en mitad de la nada, en los laterales había campos interminables de hierba muerta y un viento gélido azotaba con fuerza mi cuerpo. Se suponía que en los sueños no podías sentir la temperatura pero este no era el caso, el frio estaba calando en mis huesos y el llevar una camiseta de manga corta y estar descalza no ayudaban lo más mínimo. Temerosa por sufrir una hipotermia crucé mis brazos, los apreté con fuerza contra el estómago y comencé a andar; las piedrecitas incrustándose en las plantas de mis pies me estaban torturando y un débil gemido salió de entre mis labios. Quería salir de allí, estaba aterrada, así que apreté los ojos cuanto pude, me pellizqué el brazo y deseé despertarme, pero por más que lo intentaba no conseguía nada, no necesitaba abrir los ojos para saberlo, mi cuerpo dolorido me lo confirmaba.
Mientras intentaba descubrir la manera de salir de aquella pesadilla seguí caminando, pero conforme más avanzaba más empeoraba la situación; unos ojos con el iris tan rojo como la sangre relucían en la espesa oscuridad y me vigilaban; un escalofrío recorrió mi espalda, tenía la sensación de que, en cuanto bajase la guardia, las bestias propietarias de aquellas esferas relucientes se abalanzarían sobre mí. Aceleré el paso, sentía que mi sistema nervioso estaba a punto de colapsar, por el rabillo del ojo podía ver que a los ojos se les unían unos relucientes colmillos; no pude soportarlo más, cerré los míos y empecé a correr, lo que fue una mala idea porque trastabillé y me caí de rodillas, desgarrando la piel. Me mordí con fuerza el labio para no gritar y me miré las heridas, la sangre estaba resbalando por mis piernas y el dolor se intensificaba por momentos ¿De verdad era posible sentir todo eso en un sueño?
Unas espeluznantes risas hicieron que me olvidase del tema; unos metros más adelante divisé la silueta de lo que parecía ser un columpio, el terror petrificó mi corazón, presentía que lo que iba a ver no me iba a gustar, pero no podía dar marcha atrás, no sabiendo que unos monstruos me acechaban. Seguí la carretera a una velocidad más moderada a causa del escozor de las rodillas, el columpio negro se materializó ante mí y fue entonces cuando me di cuenta de que dos niños estaban subidos en él, balanceándose. Las risas desgarraban mis oídos  conforme más me acercaba, había algo mal en ellas, algo inhumano, pero aun así seguí adelante. Por un momento creí  que conseguiría pasar sin que notasen mi presencia, pero los niños pararon de golpe los columpios y dejaron de reírse; aquello me descolocó de tal manera que no pude seguir caminando, me quedé petrificada, mirándoles. Ellos debieron presentirlo porque se levantaron y giraron la cabeza hacia mí, al verlos no pude reprimir un grito de espanto; su piel era casi traslúcida, sus ojos eran blancos como la nieve y todos los dientes de sus diminutas bocas terminaban en afiladas puntas. Al ver la expresión que debía tener mi rostro se miraron, juguetones, compartieron unas diabólicas sonrisas y dieron un paso hacia mí; instintivamente yo comencé a dar marcha atrás, no podía dejar que me cogiesen, a saber lo que pensaban hacerme. Seguí desplazándome sin mirar hacia dónde iba hasta que uno de mis pies no encontró una superficie donde apoyarse, intenté mirar de reojo el lugar, pero me sobresalté de tal manera cuando los niños gritaron que me desequilibré y comencé a caer. Un desagradable nudo se me formó en la boca del estómago cuando me di cuenta de que estaba descendiendo a una velocidad incontrolable por un hoyo del que desconocía a cuantos metros se encontraba el fondo. Intuyendo mi final cerré los ojos con fuerza y aguanté la respiración, pero cuál fue mi sorpresa cuando sentí que mi cuerpo se adentraba en una espesa masa helada que detenía mi caída. Rápidamente abrí de nuevo los ojos, todo a mi alrededor estaba blanco, pero no me detuve ni un segundo a pensar en qué podría ser aquello, ni siquiera me interesaba, lo único que quería era despertarme. Salí a patadas de aquel salvavidas, me agaché e intenté controlar mi respiración, estaba a punto de darme un ataque de ansiedad.
-¿Ya estás aquí? Has tardado menos de lo que pensaba-.
Me quedé congelada ¿Había alguien más allí? ¿Alguien que no tenía aspecto de demonio? Una parte de mí se negaba a levantar la cabeza, pero al final la curiosidad pudo más. Cuando lo hice me arrepentí al instante, la figura que tenía delante era totalmente humana, pero era imposible que fuese real porque era exacta a mí; todo su cuerpo, las proporciones, el tono y el corte del pelo… hasta las expresiones faciales eran idénticas. Rápidamente me tapé la cara con las manos y las apreté con fuerza; me estaba volviendo loca, alguien cuerdo no podía tener aquella clase de visiones.
-No tienes muy buena pinta-.
A causa del miedo y la impotencia las lágrimas comenzaron a recorrer mis mejillas:- ¿Quién eres?-.
-¿De verdad no lo ves?-.
-No-. Levanté la mirada e intenté encararme a ella:- Tú no puedes ser yo, yo soy yo-.
Ella sonrió:- Y yo soy tú, somos dos caras de una misma moneda-.
Sentí cómo mi corazón dejaba de latir un segundo:- ¿Qué?-.
-No creerás que este mundo se ha creado solito, esto es parte de ti, tú misma lo creaste y yo soy parte de él-.
Negué frenéticamente con la cabeza:- Eso es imposible, yo no soy así, no soy tan…-.
-¿Siniestra? ¿Retorcida? ¿Macabra?-. Me mordí el labio y no le respondí, aquello no podía ser cierto. Ella se acercó sigilosamente, se agachó en frente, agarró mi barbilla y me obligó a mirarle a los ojos:- Niña ingenua, por mucho que lo niegues sabes que es verdad, todo el mundo tiene un lado oscuro que intenta reprimir y tú no eres la excepción, aunque luches contra ella hay una parte de ti que disfruta con el dolor y el sufrimiento ajeno, una a la que sólo le interesa saciar sus propios deseos-.
Las lágrimas comenzaron a brotar a gran velocidad, aquellas palabras eran como espadas clavándose contra mi corazón:- No…-.
-Déjate consumir por este mundo, no luches más, no merece la pena sufrir por gente que ni se lo merece, quítate la máscara y deja de esconderte-.
-¡No!-.
Sin previo aviso la empujé, me levanté y comencé a correr por un túnel que había a mi izquierda; no sabría decir cuánto tiempo estuve buscando la salida cuando una centelleante luz me deslumbró, sentí un atisbo de esperanza al verla, era mi oportunidad de escapar, pero mi “yo malvada” me estaba pisando los talones. Alargué mi mano en un desesperado intento por alcanzarla pero unas manos negras salieron del suelo y me agarraron por los tobillos lo que hizo que me cayese de nuevo al suelo; aterricé contra mi barbilla lo que hizo que la vista se me desenfocara el tiempo suficiente para perder mi oportunidad de emprender de nuevo la huida. Más extremidades oscuras aparecieron en el suelo y no dudaron en agarrarme por cualquier parte que tuviesen a tiro. Mi otra yo ya había llegado y se mantenía detrás de mí disfrutando de aquella escena; intenté pelear contra la fuerza de mis captoras, extendí los brazos, agarré la tierra que había delante de mí y tiré, pero no sirvió de nada. La oscuridad comenzó a engullir mi cuerpo, ya ni siquiera sentía mis piernas, era como si hubiesen desaparecido; un extraño entumecimiento comenzó a inundarme y el sueño se apoderó de mis párpados.
-Deja de luchar, es inútil, sólo déjate llevar-.
El humo negro ya había llegado hasta mi rostro y yo estaba demasiado cansada como para continuar resistiéndome, así que me relajé y me dispuse a hacer lo que me había dicho, pero entonces un brazo salió de la luz, se extendió hasta mí y me la ofreció. Pensé que podía ser un delirio, alguna especie de alucinación por casi haberme perdido por completo, sin embargo la voz que me llamaba parecía muy real así que alargué de nuevo la mano y la cogí.

Respiré todo el aire que pude, me incorporé de golpe y busqué de manera frenética aquellas manos que me habían aprisionado, entonces alguien me agarró por los hombros e intentó detenerme, pero lo único que consiguió fue ponerme aún más histérica.
-¡Suéltame!-.
-Eh, tranquilízate, no pasa nada-. Me paré de golpe, aquella era la misma voz que había salido de la luz:- No pasa nada-. Era mi hermana, aquel brazo que había conseguido liberarme había sido el de ella.
Al percatarme de mi nueva situación intenté relajarme, volvía a estar en mi cuarto metida en la cama, sí que había sido un sueño después de todo, pero un sueño muy real.
-¿Estás mejor?-.
Yo asentí débilmente:- Ha sido horrible, parecía que estaba ocurriendo de verdad-.
Mi hermana sonrió y me acarició mi pelo encrespado:- No te preocupes, ya ha pasado-.
Me estremecí al recordar lo último que había pasado:- Si no me hubieses despertado no sé qué habría pasado-.
-Pues tranquila porque yo siempre estaré a tu lado para salvarte cuando lo necesites, soy tu apoyo, ya lo sabes-. Me dio un beso en la frente y sonrió:- Ahora me vuelvo a la cama, si me necesitas ya sabes dónde estoy-.
Se levantó, pero no dejé que se marchara:- ¡Espera!-. Se dio de nuevo la vuelta:- ¿Puedo dormir contigo?-.
-¡Claro que sí! Venga que es tarde-.
Sonreí:- Ve yendo, ahora te alcanzo-.

Ella asintió y se fue de la habitación; cuando me hube quedado sola suspiré y miré con atención las sábanas que ocultaban mis piernas, no había querido decir nada, pero las rodillas me escocían, puede que incluso más que en el sueño. Agarré las sábanas con fuerza y sin pensarlo demasiado me las quité de encima; tuve que reprimir un grito al ver que las heridas seguían allí, no había sido sólo una pesadilla. En ese momento las palabras de mi otra yo se incrustaron en mi cabeza, jamás podría olvidarlas: “Todo el mundo tiene un lado oscuro, tú no eres la excepción”.