lunes, 30 de septiembre de 2013

HISTORIETA FILOSÓFICA




El orangután se estaba burlando de mí. Resultó ser ciertamente molesto pero aquella reacción era de esperar. Mi creciente arrogancia había sido la causante de que me encontrase sumida en un mundo de líquidos espesos y oscuros. Sentía cómo el barro se deslizaba por mi sedoso pelaje rojizo y se iba depositando sin permiso en las raíces, esperando solidificarse y así atraparme entre sus garras de suciedad y vergüenza. Me incorporé nuevamente y obligué a mis pequeñas y menudas patas a que comenzasen el camino hacia el mundo que había más allá de los barrotes, aquel que aquellos animales no conocían, un mundo de libertad. Miré al simio al que había retado y descubrí, a mi pesar, que seguía regocijándose de su victoria ante sus compañeros mientras me señalaba. Un profundo suspiro, procedente del interior de mi alma dolida, salió al exterior. Al ver a los orangutanes enjaulados un sentimiento de superioridad había atenazado mi ser y no había conseguido mantenerlo oculto; bajé del árbol en el que me encontraba, me introduje en su prisión y comencé a burlarme de su desdicha; y no satisfecha con mi osadía, reté a uno de los simios para comprobar quién era el animal que más distancia podía saltar.
Aún con la derrota a cuestas, me dejé abrazar por el verdoso espacio en el que me adentré y olisqueé con ganas el delicioso aroma del jazmín. Inesperadamente mi desazón desapareció y el sentimiento de superioridad resurgió, pero esta vez vino acompañado por una emoción muy diferente, la compasión. Deseaba que ellos disfrutaran también de la libertad, no se merecían aquel destino, ningún animal se lo merecía; pero una pequeña ardilla como yo no puede hacer nada por ellos, por lo que decidí proseguir mi viaje. Sin embargo, aunque seguramente no les volvería a ver, nunca olvidaría aquel encuentro; ellos me había enseñado que no debía reírme de las desgracias ajenas y que el no tener ciertos privilegios no quiere decir que sean peores.