domingo, 29 de septiembre de 2013

UN FIN DE SEMANA

Los acontecimientos sucedidos aquel viernes por la noche no habían sido los que ella había esperado, aquella inolvidable conversación había desembocado en aquel horrible sábado, día en el que tuvo que observar, impotente, cómo aquel chico le daba la espalda a ella, chico con el que había estado deseando volver a encontrarse desde hacía mucho tiempo.

El domingo por la mañana Mara se levantó tranquilamente, le dio los buenos días a toda su familia y se encerró en su cuarto de estudio para hacer sus tareas. Sin embargo había algo diferente en aquel hábito matutino y no era un hecho que se pudiese ver a simple vista. Yo podía notarlo porque estaba con ella a todas las horas todos los días, la conozco mejor que nadie, por ese motivo supe que algo no andaba bien.
Se sentó en su pequeño pupitre y abrió uno de los libros; no me fijé en cuál de ellos fue, ni siquiera me fije en si de verdad era un libro de texto, lo único que conseguía llamar mi atención en aquellos momentos era el enrarecido rostro de la joven. Sus ojos miraban atentamente aquellas numerosas letras que había ante sus ojos, pero yo sabía perfectamente que no las estaba viendo, su mente vagaba perdida en algún lejano mundo, lugar en el que yo no podía adentrarme. Su mirada cambió de objetivo; mientras observaba el hermoso jardín que había plantado su madre, pude contemplar los labios de la joven que se mantenían contraídos y destrozados por los fuertes dientes que  no paraban de morderlos. Su mirada estaba vacía, triste, parecía que alguien se había adentrado en ella y le había robado todos aquellos sentimientos que caracterizaban al ser humano. Todo mi ser se contrajo al ver que ella, una joven realmente especial para mí, lo estaba pasando mal y yo no podía hacer nada. Sabía el motivo de su angustia, yo había estado presente y sin embargo no pude hacer nada para evitar aquella situación. No quería seguir torturándome así que intenté pensar en otra cosa, pero aquel intentó fue una insensatez porque mi mente comenzó a recordar aquel día, no muy lejano, en el que había comenzado toda aquella historia.

El viernes al salir de clase encendió el móvil corriendo, ese día resultaba ser muy importante para ella, por fin iba a poder verle; desde que se había cambiado de colegio no había tenido ocasión de quedar con él, siempre ocurría algún percance; pero aquel día no podía ocurrir nada, lo habían estado preparando durante mucho tiempo, los dos tenían reservada aquella tarde por lo que nada podía impedirla volver a ver a su mejor amigo. Sus amigas no consiguieron retenerla, lo único que consiguieron de Mara fue un simple:- Ya os llamaré-.
Sin embargo aquello no les molestó, sabían perfectamente el motivo de su euforia, así que se despidieron de ella y con una sonrisa comenzaron a murmurar, seguramente estarían inventándose un par de historias románticas sobre aquellos dos amigos las cuales yo no podía negar porque hasta ella tenía ciertas dudas sobre lo que de verdad sentía hacia él.
Llegó al metro en un abrir y cerrar de ojos, durante esa carrera tuve la sensación de que al final me iba a dejar atrás a causa de los enérgicos movimientos que conseguían impulsarla hacia aquella máquina eléctrica. Durante la estancia en el metro no pudo quedarse quieta, comenzó a dar pequeños paseos por todo el vagón; en uno de esos paseos consiguió pisar a una mujer gitana que se hallaba recostada en su asiento con un pequeño niño a sus piernas. Al instante ella se disculpó como pudo, pero ese gesto no parecía complacer a la mujer así que al ver que no iba a poder arreglar aquella torpeza decidió cambiarse de vagón. Una voz femenina comenzó a inundar el metro, pude ver como su pecho comenzaba a moverse con mayor velocidad; el metro comenzó a realizar su parada, Mara apretó con fuerza el botón que la liberaría de aquel transporte; por fin el metro hizo un pequeño balanceo anunciando que se habían detenido, ante aquel gesto Mara apretó con rudeza el pulsador y salió corriendo al exterior.
Sus piernas no cesaron de moverse hasta escuchar el sonido de la puerta de su habitación al cerrarse, rápidamente comenzó a sacar toda la ropa de su armario, todos los blusones y los pantalones comenzaron a volar por aquella estancia, cuando hubo conseguido desordenar todo su cuarto miró el reloj que tenía en la mesita de noche, las cuatro y veinticinco, tenía un escaso margen para: elegir la ropa, ducharse, maquillarse y arreglarse el pelo. El problema era que para ella una hora era todo un mundo, la conocía demasiado bien, seguramente estaría pensando que tenía tiempo de sobra. Una sonrisa se dibujó en sus labios y supe que había dado en el clavo, no pude reprimir un bufido, era demasiado predecible.
La hora que tenía de margen comenzaba a extinguirse, pero ella seguía preparando las cosas con extremada lentitud. Cuando ya tuvo todo listo volvió a mirar el reloj, al ver su rostro por mi mente pasó fugazmente la famosa expresión de “si es que ya lo sabía yo”, así que como un rayo me dejó en la habitación y comenzó su carrera contra reloj.

Me obligué a volver a la realidad, no era una buena idea recordar aquellos momentos, era algo demasiado doloroso incluso para mí. Volví a fijarme en Mara, había dejado de mirar hacia el exterior y ahora ocultaba su rostro entre las manos, en ese momento pensé: “No es posible, no puede estar llorando”. Pero así era, aquella sospecha había resultado ser cierta, lo supe en cuanto me acerqué a ella. Pude ver entre sus dedos las gotas cristalinas que intentaban escaparse de aquella oscura cárcel de piel y escuché el silencioso gimoteo que procedía del interior de su garganta. Aquello era insoportable, todo mi ser comenzó a temblar a causa de la tristeza que me embargaba, prefería recordar aquellos momentos en los que por lo menos la joven era feliz.

Con la ayuda de su padre llegamos a tiempo al lugar donde habían quedado; no era un lugar que frecuentasen pero habían decidido quedar en Tres Aguas simplemente porque había bolera, un pequeño cine y una tienda de bocadillos donde podrían cenar acabada la jornada. Cuando su padre se marchó Mara comenzó a examinar con la mirada todo lo que tenía a la vista y allí lo encontramos. Estaba justo en frente de la fuente, las manos metidas en los bolsillos de los pantalones y abrigado con su típico anorak verde; sus cabellos lisos y castaños resplandecían a causa de las gotas de agua que le habían salpicado. La joven comenzó a correr, comenzó a gritar su nombre, todas las personas que había a su alrededor comenzaron a observar a aquella escandalosa muchacha, pero a ella le daba igual; yo fui la única que se avergonzó. Los resplandecientes ojos marrones del muchacho se iluminaron ante la curiosa escena que estaba montando su amiga. Cuando Mara llegó a su lado se tiró hacia él y dejó que el chico la sostuviera entre sus largos brazos; un caluroso sentimiento de felicidad se apoderó de mí, los dos estaban radiantes, los dos habían estado deseando volver a verse y por fin ese deseo se había cumplido.
La tarde pasó rápidamente, fue muy divertida y amena, transcurría tan apaciblemente que incluso parecía que nunca habían llegado a separarse, que era una situación que repetían todas las tardes.
La noche llegó y con ella la hora de cenar; los dos jóvenes, conmigo a sus espaldas, salieron ilusionados del cine y se dirigieron a una de las muchas cafeterías que había en aquel lugar, pero cuando fuimos a entrar en aquella bocatería pude ver un siniestro brillo en los ojos del muchacho; permanecí unos segundos en frente de la puerta, se me había formado un nudo en el estómago, algo iba mal. El joven compró los bocadillos, jamón y queso para los dos, Mara comenzó a comer rápidamente pero Alex apartó momentáneamente el bocadillo; ese acto nos sorprendió a las dos, era un chico bastante glotón aunque para nada gordo, tenía que haber una buena explicación para aquel gesto; y así era, la había. Cuando el joven hubo soltado aquello que le quitaba el apetito el rostro de la joven cambió radicalmente, esa cara se me quedaría grabada el resto de mi vida.

Sus manos ya no se encontraban escondiendo su rostro, una de aquellas extremidades apretaba un lápiz con el que no paraba de hacer dibujos abstractos, inconexos unos de otros, al menos, eso era lo que creía; pero en cuanto me acerqué un poco más supe que estaba equivocada. Aquellos dibujos eran espaldas, en esas espaldas se repetía siempre la misma frase, era la última frase que consiguió decirle.

Aquel sábado por la tarde iba acompañada por sus padres y su hermana, al parecer ellos ya sabían cómo iba a terminar aquel reencuentro del día anterior. Miré entristecida a la joven, estaba verdaderamente seria; no se había enfadado con sus padres, no se había enfadado con él, simplemente había dicho que lo entendía, que entendía todo; pero no era verdad, yo sabía que estaba escondiendo lo que verdaderamente sentía. Alex se encontraba en frente de ella, al lado de sus padres; sus maletas eran los objetos que más sobresalían. A la espalda del joven se encontraba la aduana, estaba a un paso de separarse de él. Cuando estuvieron juntos sus padres les dejaron solos; durante unos angustiosos segundos estuvieron en silencio, quise ayudarlos pero me era realmente imposible. Alex intentó decirle algo pero ella no le dejó, le regaló su característica sonrisa y le hizo prometer que no perderían la comunicación. Él se lo prometió. Luego le dijo que deseaba que se lo pasara muy bien y que no se preocupase por ella; ante aquello él bajó la cabeza, no tenía las fuerzas que necesitaba para desprender la coraza de su mejor amiga.
Había llegado la hora de la verdad, ella sonrió y comenzó a despedirse con la mano; pero cuando Alex se dio la vuelta algo dentro de ella se rompió, al ver su espalda sus verdaderos sentimientos estallaron. Las lágrimas comenzaron a resbalar por su destrozado rostro y gritó desesperadamente:- ¡Vuelve! ¡No quiero que te marches!-.  Seguramente aquellas palabras habían sido las que, desde un principio, había esperado el joven; pero era demasiado tarde, no había vuelta atrás.


El trueno me devolvió a la realidad, era la mañana posterior a aquella terrible despedida, miré de nuevo a Mara, era normal que estuviese así de destrozada, pero aun entendiéndolo el verla así era algo que me destrozaba el alma, por eso quería hacer algo. Mara comenzó a dar vueltas a alrededor de su dedo uno de los anillos que le había regalado su madre, señal de que estaba nerviosa. Angustiada miré hacia el cielo, observé por la ventana todo aquel infinito manto de nubes negras, quise que me dieran alguna explicación, quería saber por qué no me habían dejado actuar, pero lo único que conseguí ante aquellas angustiosas peticiones fue el comienzo de una gran tormenta. Volví con ella de nuevo y me acerqué con las lágrimas apunto de resbalar por mis pálidas mejillas, quería consolarla, quería disculparme, pero sencillamente era algo imposible. Alcé una de mis manos y me dispuse a acariciar su mejilla, pero al instante mis dedos la traspasaron; las rodillas comenzaron a temblarme así que me dejé caer, las lágrimas habían comenzado su recorrido. No lo entendía ¿De qué servía ser su ángel protector si no podía hacer nada en estos casos? Deseaba con todas mis fuerzas hacer algo para apaciguar su dolor, pero me era realmente imposible, un ser incorpóreo como yo no puede tocar a seres como ella. Lo único que pude hacer por Mara fue estar a su lado y compartir aquella carga que soportaba su corazón, esperando que así lo llevase mejor.