lunes, 1 de diciembre de 2014

Prisionera del miedo


“Hoy es el día. Esta vez lo conseguiré, haré lo que no he podido durante los últimos seis años.”

Eso fue lo primero que pensé en cuanto abrí los ojos aquella mañana de Marzo. No sé muy bien por qué pero me sentí más fuerte que nunca, más decidida, con ganas de traspasar aquel muro infranqueable que me había estado entorpeciendo durante tanto tiempo.

Levanté las persianas con más alegría que nunca, me sentía enérgica e invencible. Con una sonrisa miré a través de la ventana el exterior…

Y mi jardín de pronto oscureció. Las rosas que con tanta belleza habían comenzado a florecer se marchitaron ante mis ojos, sus vivos colores se apagaron y sus pétalos se cayeron al vacío. Los tallos, furiosos por la repentina muerte de las flores que con tanto esfuerzo habían protegido, evolucionaron. Su fina silueta se engrosó y se deslizó como una serpiente enfurecida por mi antigua y envejecida valla, se retorcían y entrelazaban entre ellas, obstaculizando la única salida que había en el jardín. Las espinas se alargaron apuntando en mi dirección y su punta comenzó a brillar con intensidad, amenazadoras, intentando provocarme.

Rápidamente cerré las cortinas y me di la vuelta. Tenía la respiración agitada y el corazón acelerado, aquello había sido verdaderamente aterrador. Cerré los ojos y me repetí una y otra vez que sólo había sido producto de mi depravada imaginación, que todas aquellas amenazas que se presentaban ante mis ojos no era tantas como creía.

Conseguí convencerme después de unos minutos repitiéndome lo mismo, pero esa seguridad que había tenido nada más levantarme se había desvanecido. Ahora lo único que me quedaba para seguir adelante era el deseo de querer superarlo.

Desayuné y me vestí con cierta lentitud, el miedo estaba consiguiendo de nuevo el control. No podía mirar de nuevo la calle, no antes de salir, si lo hacía de nuevo podía retroceder y perder por completo las ganas que tenía de superar todo aquello y empezar desde cero. Ni me acordaba de lo que se podía hacer fuera de esas cuatro paredes en las que estaba enclaustrada.

Preparada para salir y con el abrigo ya puesto me metí de nuevo en la cocina para apagar la televisión, pero el mando se me cayó de las manos cuando el noticiario ocupó la pantalla. Guerras, muertes, destrucción, accidentes, corrupción… era lo único que veía ¿Cómo demonios querían que siguiese adelante si no paraban de decir que sólo había sufrimiento en el mundo que había más allá de la puerta de mi casa?

Escuché un ruido cerca de la ventana y grité. Me atacaban, me estaban atacando ¿Qué se suponía que tenía que hacer? No sabía qué había provocado aquel sonido, pero fuera lo que fuese, si hubiese estado en el jardín me hubiese dado.

“No te rindas, seguro que no ha sido nada, tu psicóloga te ha dicho muchas veces que tiendes a exagerar las cosas. Lo mejor es seguir con el plan ¡Tú puedes!”.

Asentí y cogí el bolso, era el día, tenía que serlo, le iba a demostrar a todo el mundo que el miedo no puede conmigo.

Me acerqué a la puerta con paso tembloroso y suspiré al coger el pomo, quería aparentar estar tranquila pero lo cierto era que mi corazón estaba a punto de salirse del pecho. Las manos las tenía pegajosas de lo mucho que estaba sudando ¿Merecía la pena pasar por todo aquello sólo por salir a la calle? No le hacía daño a nadie quedándome en mi casa.

Cerré los ojos y empujé la puerta. No pude evitar sentirme victoriosa y pensar que ya lo había conseguido, pero supe lo equivocada que estaba en cuanto los volví a abrir.

Ante mí había un mundo oscuro y desolador envuelto en llamas. Algunas de las piedras que formaban el camino se habían caído a un foso sin fondo y las que quedaban se tambaleaban ligeramente. Era como una trampa mortal en la que querían que cayese. Los árboles tenían vida, sus ojos estaban huecos y sus ramas se retorcían hacia mí en un desesperado intento por atraparme y aplastarme. Sus bocas oscuras se abrían y se cerraban sin descanso mientras se arrastraban como zombis al lugar donde yo me había quedado paralizada. Querían devorarme.

No podía seguir, no podía enfrentarme a esas cosas espeluznantes. Sin pensarlo dos veces me tiré en la entrada de mi acogedor hogar y cerré la puerta con todos los cerrojos que había puesto en ella. Estaban locos si creían que iba a volver a hacer algo semejante, no me importaba vivir encerrada, prefería asegurar mi vida, no valía la pena arriesgarme por una meta incierta. Era mejor así.


El miedo es una emoción adaptativa, sirve para protegernos de una amenaza, pero el ser humano tiende radicalizarla. Todos le tememos a algo, es normal, pero tenemos que aprender a afrontarlo y a seguir adelante. Dar el primer paso es muy importante, pero no es lo único que debemos hacer, una vez que lo das tienes que luchar por avanzar. No te rindas y te des por satisfecho sólo por haberlo intentado, tienes que trabajar en ello hasta haberlo superado.