martes, 18 de marzo de 2014

La película que duró una semana.

Aun no estoy muy segura de cómo he acabado en esta situación, lo único que recuerdo es que salíamos del cine cuando las personas que tenía a mi alrededor comenzaron a difuminarse; unos segundos después estaba tirada en el suelo con unas cuantas cabezas revoloteando encima de mí ¿Cómo había ocurrido? No lo sé, ni siquiera me encontraba mal, la única anomalía era que mi corazón latía con celeridad. Desorientada y confundida dejé que mis padres me trasladasen a un banco, mientras me recomponía ellos tuvieron la genial idea de llevarme a un hospital; yo no quería, me encontraba bien, pero estaba tan cansada que no tuve las fuerzas necesarias para contradecirles. 
Cuando llegamos allí todo ocurrió muy deprisa, casi ni me acuerdo de cómo era la doctora que me vio cuando entramos; muchos en mi situación se habrían asustado, pero yo no, estaba totalmente convencida de que todo saldría bien y de que me mandarían a casa; hice conjeturas demasiado deprisa. El electrocardiograma salió mal por lo que me dejaron ingresada en la planta de cardiología; suspiré, yo lo único que quería era volver a casa. Creí que mi familia pensaría igual que yo, que no era necesario que me quedara allí, pero supe que no era así cuando vi la preocupación dibujada en el rostro de mi madre; fue ahí cuando comencé a inquietarme, pero no por lo que me pudiesen descubrir, si no por ellos. Las lágrimas de mi hermana se quedaron incrustadas en mi corazón.
Los días en el hospital pasaron con una lentitud asfixiante: volví a tener varios mareos pero las enfermeras no podían hacer nada al respecto, los médicos parecían fantasmas con batas blancas, por más que esperábamos no daban señales de vida y, cuando se dignaban a aparecer, parecían no tener nunca las respuestas que buscábamos. Las pruebas que supuestamente me tenían que realizar tampoco me las hacían y, como no avisaban, tenía que quedarme encerrada en el cuarto por si aparecían. La calma y el estado de bienestar con el que entré comenzó a ser sustituido por la ansiedad y el cansancio; necesitaba salir de allí, necesitaba poder salir al jardín, comer lo que quisiera, hacer lo que me apeteciera y estar con personas que no me viesen como una enferma; quería pasar página, dejar a un lado la caótica salida del cine y volver a mi vida, pero no me dejaban. 
Al principio las visitas de mis seres queridos eran como rayos de luz que iluminaban el día, incluso gracias a ellos pude oler el mundo exterior y la hamburguesa que en ese momento tanto deseaba, sin embargo al final del día se convertían en cargas, me sentía mal por pensar de aquella manera, pero es la verdad. No paraban de hacer conjeturas sobre lo que me podía o no me podía pasar y algunos hasta intentaban darme consejos, es normal, estaban preocupados, pero me abotargaban, sobretodo los que se hacían los listillos y afirmaban que serían nervios y estrés, esos me enfurecían, directamente ¿Y ellos que sabrán? Hasta que me ingresaron no había estado para nada nerviosa.
La que de verdad se había convertido en un bálsamo para mí era mi hermana, nuestra separación era lo que peor llevábamos así que, cada vez que aparecía, ese mal estar que se había ido formando en mi interior desaparecía; gracias a ella no podía dejar de sonreír y, durante los ratos que me ayudaba con su presencia, conseguía hacer que se me olvidase el encierro en el que estaba metida. Cuando llegaba el momento de la despedida era lo peor, yo me sentía vacía por dentro y sé que ella se angustiaba, no quería volver pero no le daban opción.
El día que nos dijeron que me daban el alta hospitalaria mi vitalidad resurgió de entre sus cenizas, me daba igual que todavía tuviesen que hacerme pruebas, por lo menos podría estar en mi habitación con mis cosas, mis perras y mi familia; por fin regresaba del cine.