miércoles, 2 de marzo de 2016

La sombra de mi pasado - FINAL


Acabábamos de llegar a la Gran Vía y, cómo siempre, nos quedamos atrapados en el atasco que solía formarse allí. Las tiendas estaban colapsadas, la acera era casi imperceptible bajo los pies de tantas personas y en el McDonald que tenía a mi izquierda no debían de quedar mesas vacías porque a través de los cristales podía ver varios grupos tirados en el suelo con sus bandejas. Me estremecí ¿Cómo eran capaces de aguantar la presión? ¿No les molestaba la atmósfera cargada? ¿El olor que desprendían los cuerpos al estar tan pegados? No podía entenderlo.

—Lo siento, quizás debería haber ido por otro lado, no tenía que haberle hecho caso al GPS de mi móvil.

—No te preocupes.                                                                         

Fruncí los labios y me concentré en el cartel de la tienda del H&M. Era una situación incómoda, por mucho que me había negado, ella había acabado arrebatándome las llaves y sentándose en el asiento del conductor.

—Soy Sara, por cierto.
—Santi.
—Pues cuéntame Santi ¿A qué habías ido a la feria del libro?
La miré incrédulo ¿Tan difícil era imaginárselo? —Supongo que a ver libros, aunque mi principal motivo era ir a la firma de Carlos Ruiz Zafón.
—¿En serio? ¡Qué guay! Yo también soy fan de ese autor, con quince años me leí la trilogía de la niebla en una semana.
Asentí, lo cierto era que no tenía muchas ganas de hablar y menos con la que había presenciado mi patética escenita.
—Y ¿Qué es lo que te ha pasado? Sinceramente, me he pegado un susto de muerte cuando he visto cómo te caías.
Genial, justo el tema que más odiaba ¿Qué explicación querría? ¿La larga o la corta?

El once de Marzo del 2004 mis padres y yo nos despertamos temprano para llegar a tiempo al aeropuerto. Un primo de mi padre se casaba en Colombia ese sábado y mi madre se había empeñado en ir un día antes para poder hacer un poco de turismo antes de la celebración. Supongo que ahora se arrepiente de tomar esa decisión.

No teníamos coche, así que cogimos el metro y fuimos a Atocha para tomar la línea que nos dejaría directamente en el aeropuerto. Todavía recuerdo lo cansado que estaba, eran las siete y media de la mañana y ya estaba sentado junto a mi madre en uno de los bancos de la estación esperando a que mi padre volviese. Era pequeño y lo único en lo que pensaba era en que quería irme a casa, olvidarme de la boda y dormir como un lirón. No sé por qué se fue, pero quizás si no lo hubiera hecho aún seguiría con nosotros.

Harto de esperar, apoyé mi cabeza en las piernas de mi madre y cerré los ojos. El barullo que formaban las personas que andaban por la estación era como una nana para mí, había comenzado a entrar de nuevo en el mundo de los sueños cuando un extraño sonido nos sobresaltó.

Me levanté de un salto, curioso, quería ir a investigar pero mi madre me agarró por la muñeca y me retuvo junto a ella. Jamás la había visto tan nerviosa, sus ojos estaban cargados de sospecha. Lo intuía. Quizás, si yo hubiese sido más observador, también me hubiese dado cuenta de la siniestra calma que reinaba repentinamente en Atocha, pero era sólo un niño.

El fuerte sonido de la explosión resonó en mis tímpanos, los gritos rasgaban el aire como cuchillas y el edificio se estremeció durante unos interminables segundos.

Asustado me di la vuelta para preguntarle a mi madre que qué estaba pasando, pero ella apretó con más fuerza mi muñeca y comenzó a correr. Fue un intentó inútil.

Pocos segundos después infinidad de cuerpos aterrorizados y cegados por el pánico aparecieron a nuestro alrededor y nos engulleron. No parecían ni ser conscientes de a dónde se dirigían pero eso no les hizo detenerse. Sentía las uñas de mi madre clavándose en mi piel en un desesperado intento por no separarse de mí, pero alguien me pisó, lo que hizo que tropezase y me soltase.

Lo último que vi de ella antes de que la multitud se la tragara fueron sus ojos angustiados, unos que me advertían del peligro al que me acababa de exponer.

A partir de ahí mis recuerdos eran confusos. Me acordaba de la infinidad de golpes que me dieron mientras intentaba encontrar a mis padres, los empujones que recibí cuando me interponía en el camino de alguien, por más que intentaba encontrar una salida sólo veía piernas y caras agónicas desesperadas por salvar su pellejo. No les importaba nada más, sólo sus vidas.

Mi instinto me decía que no podía caerme, pero en uno de los golpes mis piernas me fallaron y acabé tirado en el suelo.

No se molestaron en esquivarme, una vez ahí lo único que recibí fueron pisotones y patadas, nadie intentó ayudarme, estaban cegados, no debían ni de ser conscientes de que lo que estaban pisando era el cuerpo de un niño.

Piernas, manos, pecho, estómago, cuello, cara… creo que ninguna parte de mi cuerpo se libró de acabar bajo las suelas de los zapatos. Si no hubiese sido por aquel fuerte golpe que me dieron en la cabeza y me dejó inconsciente quizás hubiese tenido que soportar durante mucho más tiempo aquella interminable tortura. Aun no entiendo ni cómo sobreviví, sólo sé que desperté poco tiempo después en el polideportivo que habían habilitado como hospital para las víctimas del atentado del 11-M.

Físicamente no tardé en recuperarme, pero aquel trauma fue demasiado para mí, no me veía capaz de superarlo. Desde entonces me daban pánico las multitudes, era imposible predecir cuál iba a ser su conducta si sucedía algo inesperado.

Esa era la versión larga, pero supongo que no tenía mucho sentido contársela, después de todo en cuanto me dejase en casa no nos íbamos a volver a ver.

—Tengo enoclofobia, miedo a las multitudes.
—Vaya, en mi vida había escuchado esa palabra —Se rió — No parece muy agradable ¿No tendrías que ir al psicólogo o algo?
—He ido, pero al final siempre acabo recayendo ¡Aparca! —Increíble, Sara había conseguido encontrar un sitio en frente de mi portal, no podíamos dejar pasar la oportunidad.

—Yo conozco a una psicóloga muy buena, si quieres puedo darte su número.
—Oye mira, te agradezco todo lo que has hecho, pero no necesito la compasión de nadie.
Sara detuvo el coche y yo salí, molesto, no necesitaba que una completa desconocida se metiese en mi vida, por muy guapa o maja que fuera.
—Santi lo siento, no es compasión, es sólo que no me parece justo que no puedas ir a cosas como las de hoy. Ni siquiera has llegado a las casetas.
Saqué el ticket y lo metí en el coche para que no me pusieran una multa, ya bastante tenía encima.
—No es para tanto, no me voy a deprimir por no haber conseguido un maldito autógrafo.
—Santi espera.
—Muchas gracias, será mejor que vuelvas, tu compañero debe echarte de menos.

Saqué la llave y la metí en la cerradura, pero Sara me empujó, me la arrebató y se la metió en el escote.

La miré con la boca abierta, aun sin poder creer lo que acababa de hacer, pero ella simplemente me sonrió y sacó la lengua.

—No te la pienso devolver hasta que me escuches.
—Estás de broma — Negó con la cabeza así que me crucé de brazos y la seguí el juego — Vale ¿Qué quieres?
—Que quedes conmigo el fin de semana que viene.
—¿Qué? Y ¿Por qué tendría que hacer eso?
—Porque soy guapa, muy maja e increíblemente sexy —Me guiñó un ojo y yo resoplé —Bueno ahora en serio, me gustaría enseñarte una cosa, ya verás, te aseguro que no te vas a arrepentir.
Fruncí el ceño, inseguro, no sabía si fiarme de ella — ¿Qué es lo que te hace pensar que me va a gustar? No me conoces.
—Es que soy medio bruja y mi instinto me dice que necesitas verme el sábado que viene —Seguí dudando — Venga ¿Qué es lo que te da miedo? No muerdo.

Suspiré, pero al final acabé aceptando, era muy complicado negarse ante tanta persuasión.

No me gustaba salir si no era estrictamente necesario, cada vez que dejaba mi pequeño refugio me estaba arriesgando a sufrir un nuevo ataque de pánico, el simple hecho de pensarlo me ponía los pelos de punta. Ni siquiera los pocos amigos que tenía habían conseguido lo que Sara había hecho en prácticamente unos minutos. El “No” que tantas veces había utilizado para quitarme de encima a los moscardones que me rodeaban se había quedado atorado en mi garganta.

Había algo en ella que me intrigaba y me descolocada, era un sentimiento que nunca antes había experimentado.

Quizás ella era la mano amiga que necesitaba para salir del foso en el que estaba metido. Me habían dicho cientos de veces que los miedos se pueden superar, pero nunca me lo había creído; al menos no hasta ese momento ¿Y si era ella el apoyo que inconscientemente había estado buscando?


Sólo había una manera de averiguarlo.