martes, 6 de junio de 2017

Perdiendo la identidad

Resultado de imagen de identidad perdida

No sé si es lo normal ponerse todos los días a las siete de la tarde los cascos bien apretados en los oídos, subir el volumen hasta que sientes que los tímpanos van a explotar y esconderse bajo una manta mientras miras la primera revista que te encuentras en la mesa del salón, pero yo no podría vivir sin hacerlo. 

Quizás parezca extraño, pero hacer eso me permitía sentir que yo tenía en control. Yo soy la que decide desaparecer, la que detiene el tiempo y consigue que se doblegue ante mis deseos. El destino no consigue empujarme, no me obliga a seguir adelante y afrontar los peligros que seguro me están esperando detrás de aquel trozo de tela. Burlo al universo. Burlo la maldición que me echó mi madre en el mismo momento de mi concepción.

Bueno, quizás el término maldito es demasiado radical,  supongo que esas personas no pueden conocer lo que es la felicidad, y yo, aunque sea en menor medida, la he podido degustar. Es mejor decir que la suerte nunca me ha sonreído o que no he tenido la oportunidad de verme rodeada por gente que pudiese echarme una mano cuando más lo necesitaba.

Es por esto que, cuando descubrí los periódicos, los telediarios y los informativos, mi modo de ver las cosas cambió. Allí podía ver todo tipo de historias, tanto buenas como malas, pero en realidad eso era lo de menos, lo que de verdad me impresionaba era descubrir que había una manera de demostrar que los habitantes de un mundo como en el que yo crecía teníamos voz en una sociedad que parecía ajena.
Yo quería ese poder, necesitaba explicarle al mundo la oscuridad que nos envolvía en aquel páramo olvidado de Bilbao, si lo conseguía conseguiría mi billete para salir de allí, para dejar atrás ese sucio hogar en el que me había criado mi madre. Era tanta mi ambición que incluso me llegué a obsesionar.

A los doce años todo cuanto existía para mí era la escuela, siempre tenía que sacar las mejores calificaciones, agradar a los profesores, hacer cualquier tipo de actividad que se me permitiese para mejorar el expediente que, en un futuro, conseguiría reposar en las manos del decanato de una de las universidades de periodismo de Madrid. Creo que fue entonces cuando empecé a refugiarme en esa manta que me había protegido tantas veces desde que tenía memoria.

Mi único deseo era poder salir de allí, no me importaba la opinión que tuviesen mis compañeros de clase, los malditos vecinos que no hacían más que cotillear a cualquier hora del día o incluso mi madre.

Era alguien fuerte, había aprendido a valerme por mí misma, a distanciarme de aquellas personas que me parecían un estorbo y acércame a las que tenían algo que ofrecer.
Puede que, dicho así, parezca una manipuladora, tampoco lo puedo negar, pero la vida con la que había tenido que lidiar era la que me había convertido en esto.

No quería echarle la culpa a mi madre, conocía perfectamente las condiciones en las que me había tenido. 

Nunca hablábamos de mi padre, o más bien del señor que puso su semillita en el interior de su supuesta amante, era un tema tabú y no había manera humana de destruir las barreras que había levantado contra él. No podíamos contar con nuestra familia por parte de madre porque, según tenía entendido, todo cuanto había hecho ella para irse de su India natal iba en contra de sus creencias y principios étnicos; para ellos ambas estábamos muertas. Lo que nos dejaba con absoluta y completamente nada. Mi madre no tenía ni estudios, ni ahorros ni posesiones; se quedó sola con una pequeña mochila y el feto que se convertiría algún día en mí. Todo un marrón, vamos. 

Aun no estoy segura de por qué no me odia, tiene todos los motivos del mundo para hacerlo, pero en vez de eso me convertí en el único motivo que tenía para seguir luchando. Es por esto mismo que me aborrezco cada vez que la culpo por el tipo de persona que soy, por enseñarme sin querer lo lujurioso y manipulador que puede llegar a ser el ser humano y  por no haberse dado cuenta del dolor que estaba sufriendo por una situación que ella había provocado sin siquiera darse cuenta. 

Pero ¿Cómo puedo deshacerme de esta sensación? ¿Cómo puedo conseguir volver a mirarle a los ojos como cuando era una pequeña niña de nueve años?

Sin embargo, esa preocupación quedó eclipsada ante mis logros académicos y mi brillantez ante el gran futuro profesional que me esperaba.

Todo lo demás me daba igual, no me importaba cambiar, dejar a un lado mis creencias y mis sentimientos, si con ello conseguía cumplir mi objetivo.