domingo, 6 de octubre de 2013

LA AÑORANZA

La brisa marina mueve hacia delante mis finos mechones rubios y, juguetones, se enredan entre mis ojos. Esta mañana la temperatura es agradable, los primeros rayos se muestran tímidos en el horizonte y algo del frío nocturno sigue rondando, incansable. Soy presa de un indescriptible sentimiento de calma y bienestar; la imagen que se muestra ante mí es mágica, el que parece un mar infinito se muestra de un color azul intenso, la lentitud de las olas te hipnotiza; a lo lejos aparenta estar totalmente congelado y, de entre aquellas aguas detenidas por el tiempo, parece salir a la superficie nuestra deslumbrante esfera de fuego.
Respiro hondo y sonrío, pasear por la orilla junto a tanta belleza consigue hacer que me olvide de todos mis problemas. Sin saber muy bien en dónde me encuentro decido sentarme, me refugio como puedo en mi fina chaqueta de tela y hundo los dedos de mis pies en la arena mojada. Por un momento me parece que no existe nada más, que lo único que queda del mundo es aquella playa y que yo soy la única superviviente, a veces pienso que eso sería lo mejor.
Cierro los ojos para escuchar mejor el sonido de las olas pero, en cuanto lo hago, varios recuerdos afloran en mi mente:
Sus profundos ojos oscuros me observaban a distancia mientras yo recogía conchas, nuestras manos entrelazadas mientras paseábamos por la arena, las risas provocadas por sus infantiles juegos en el agua, el tacto de su hombro cuando apoyaba mi cabeza mientras observábamos sentados el atardecer, sus abrazos, sus suaves caricias provocándome escalofríos, su fuerte torso bajo mis manos, su pelo revuelto y lleno de arena por estar tumbados, el sabor salado de sus labios, su traviesa sonrisa y el primer "te quiero" susurrado en mi oído.
Cuando abro los ojos de nuevo, una lágrima empieza a recorrer mi mejilla ¿Por qué? Ya había llorado lo suficiente, por primera vez desde que me había enterado de su partida me había encontrado bien, entonces ¿Por qué vuelvo a caer presa de la tristeza? Ni siquiera debería, él me ha prometido que estará bien y que volverá, en cuanto pueda, a mi lado. Su sueño es ir como voluntario a un país en guerra y ayudar cuanto pueda. Me impactó la noticia pero yo no soy quién para arrebatarle su sueño, así que le apoyé; pero eso no quita que no sienta miedo, estoy aterrorizada, porque confío en él, pero no en la guerra. Escondo mi rostro entre mis rodillas, intentando buscar de nuevo la paz, llorando no iba a conseguir nada. Debo permanecer a su lado y esperarle con esperanza y, para ello, tengo que conseguir volver a sonreír.