miércoles, 8 de junio de 2016

Espíritus guardianes.


La imaginación puede llegar a ser muy peligrosa ¿No creéis? Sobre todo cuando somos niños.

Desde que éramos muy pequeños nuestros padres nos han contado innumerables historias sobre las hazañas de los terrestres.

Nos enseñaban su cultura, su manera de comunicarse, sus simbolismos y sus creencias. Nos relataban situaciones ocurridas años atrás, cuando la alianza entre los celestes y ellos era fuerte.

¿Qué quiénes son los celestes? Pues muy fácil, nosotros. Somos las entidades que han cuidado el equilibrio en cada una de las dimensiones que existen en el universo, somos los espíritus que hacen posible que un mundo pueda respirar y vivir eternamente, sin nosotros sus tierras se marchitarían, el aire se intoxicaría y los mares se secarían. Parecemos dioses ¿Verdad? Pues si lo habéis pensado, os habéis equivocado de lleno. Nosotros sólo somos un canal, nuestro poder es limitado, intentamos mantener a raya la corrupción y la destrucción, pero en ocasiones ella nos gana, haciendo que algunos de los mundos que protegemos, dejen de existir. No podemos hacer que renazca, no podemos formar tierra de la nada, ni escribir el destino de los seres que lo habitan, y quizás sea este el motivo por el que nos encontramos en desventaja contra un enemigo que puede destruir con tanta facilidad.

Por lo que sé nuestro enemigo no es ni un celeste ni un dios, es la materialización del mal que se esconde en el corazón de todos y cada uno de los seres vivos y, cuanto más evolucionados estén, más fuerza le otorgarán. Sé que hay muchos detalles que todavía no conozco sobre él, pero para nuestros padres es un tema que no se puede sacar, parece que solo quieren alimentar nuestras cabezas con fábulas llenas de ilusión y esperanza.

Sin embargo eso fue una equivocación por su parte, porque así lo único que consiguieron fue acrecentar nuestro amor hacia aquellos seres carnales que habitaban el mundo terrestre.

Antes nuestra especie moraba en él, nos mezclábamos entre ellos y nos ayudábamos mutuamente. Los celestes elegían una persona con la que su poder fuese compatible y lo canalizaban a través de su cuerpo, a cambio, nos ayudaban a mantener el equilibrio y nos permitían indagar en su interior para poder experimentar en nuestra propia carne lo que eran esos intensos sentimientos que caracterizaban a los terrestres. Era la única especie que habíamos encontrado con una inteligencia parecida a la nuestra y un componente emocional superior. Fue una época llena de magia y paz, pero quizás fuese por eso por lo que nuestros padres se descuidaron y no se dieron cuenta de que esa complejidad suya y esa confianza que les estábamos dando multiplicaba poco a poco y en silencio la fuerza del enemigo.


Nunca nos quisieron decir el motivo por el que decidieron aislarse, no nos explicaron qué era lo que les había asustado tanto como para poner un escudo protector entre su dimensión y la nuestra, ni nos dijeron las consecuencias que tendría en nuestros padres que la maldad engullese aquel mundo. Ellos se habían encargado de poner una venda alrededor de nuestros ojos bien apretada para protegernos, pero ahora estoy convencida de que, si no hubiesen insistido en guardar tantos secretos, nosotros no hubiésemos cometido semejante estupidez, y ahora nuestro mundo no estaría muriendo junto con el de ellos.